04 diciembre 2005

Relato: La oficina virtual

Alberto caminó por el sendero paralelo a la vereda de entrada al sitio, pasando junto al cartel de "Oficina Virtual". Había pasto y algunas palmeras, así como extrañas estatuas de arte moderno (bloques de granito, agujas, esferas partidas y otras semejantes). Vio las clásicas señalizaciones en las esquinas.

—Qué lugar —dijo y elevó la vista al cielo.

Algunas nubes derivaban en las alturas y el cielo se veía azul y límpido. Sobre la tierra, y espaciados a cada centenar de metros, los edificios empresariales llenaban el lugar. Había a esa hora cierto tráfico terrestre, consistente en automóviles y camiones, como en cualquier otro lugar. Pensó en recorrer el lugar; pero su destino era más allá, en las oficinas administrativas del edificio rojizo. No obs­tante, se detuvo unos instantes para agacharse y cortar una brizna de pasto. Lo acercó a su rostro, palpándolo con cuidado y oliendo su aro­ma; era como cualquier otra brizna de pasto y se alegró de lo bien cuidado del sitio.

—Excuse me, mister, is this Virtual Office? —preguntó un indivi­duo alto, delgado, con poco pelo y cara de extranjero.

—Ehhh, yes, this is —contestó Alberto.

—Thank you —dijo el otro y siguió su camino, observando todo con detalle.

—Gringo imbécil —murmuró con ironía, pues cualquiera podía ver el enorme cartel en la entrada.

La entrada del edificio tenía variadas flores y una amable recep­cionista le indicó que tomara asiento mientras era atendido. Había un televisor encendido en la muralla, un rectángulo que recordaba una ventana, y que transmitía un noticiero desde la estación espacial eu­ropea.

No tuvo que aguardar mucho para ser conducido a una pequeña habita­ción, en la cual tras un escritorio un individuo de alrededor de 40 años y mirada seria lo escrutó al entrar.

—Buenos días, soy M.Munzo, administrador de Oficina Virtual —se presentó el hombre.

—Alberto Pérez, comerciante ──señaló a su vez el recién llegado, tomando asiento.

—Hemos revisado su solicitud para un lugar en nuestro terreno y podremos darle curso cuando lo estime conveniente. —Miró la pantalla plana que sobresalía del escritorio—. Importaciones de repuestos para maquinaria industrial, qué bien. —Sonrió y la sonrisa transformó el rostro en una mueca, lo cual no le agradó a Alberto—. ¿El negocio marcha bien?

—Sí..., aunque para poder competir con los demás necesitamos ofi­cinas en este... lugar —dudó, pues de alguna manera le parecía estú­pida la idea de "trabajar" allí—. Tengo poca gente, no más de siete; estamos empezando.

—Dos años, según su solicitud.

—Así es, señor Munzo. —Hubo unos momentos de embarazoso silencio, durante los cuales Alberto aprovechó de estudiar mejor el semblante de su interlocutor. Ha­bía algo en el sujeto que no le agradaba, aunque ya estaba acostumbra­do a tratar con gente desagradable. Pero esto era diferente. No podía definirlo. ¿Serían las cejas, los ojos o la forma en que sonreía?

—Puede comenzar la instalación cuando quiera —le interrumpió Mun­zo—. Es más, el ala norte de este edificio se encuentra sin ocupar y ustedes podrían colocarse allí. Ahora bien, si desea construir su pro­pio edificio...

—No, gracias, en realidad nos basta con unas oficinas. No queremos pretender ser algo que no somos.

—En ese caso —dijo, sonriendo ante la paradójica aseveración— vaya donde la secretaria y pídale un plano del lugar.

Alberto se puso de pie, se despidió brevemente y abandonó la ofici­na. Mientras salía, Munzo le dijo:

—Bienvenido a la Oficina Virtual.

Al salir del edificio se sentía un tanto estúpido por la situación. ¿Qué hubiera pensado su abuelo ante esto? Nunca lo sabría, puesto que lo habían enterrado cuando él era un niño.

Notó que había una gran rotonda central, a cuyo alrededor se situa­ban los edificios, rotonda en la que había pasto y en su periferia al­gunas pérgolas con asientos. Resistió la tentación de ir a sentarse un rato para dirigirse derecho a la salida. Caminó sin prisa, preocupado por la renta mensual de las oficinas, un precio bastante inferior a lo supuesto. Pero sabía que debía aprovechar esos precios de inauguración antes de que el lugar se consolidase lo suficiente como para ser más rentable; de esta forma tendría poco que declarar como "impuesto de transacciones virtuales" en el formulario anual.

Cerca de la salida escupió al suelo mientras maldecía mentalmente al que no se le había ocurrido colocar otros accesos más cercanos. Atravesó el marco de la puerta y la oscuridad lo envolvió.


DESCONEXION EN PROCESO


Titilaron las letras en la oscuridad unos instantes y luego sintió una comezón en la cabeza, seguida de un ligero temblor en los dedos de las manos y los pies. Transcurridos unos momentos volvió a tener con­trol normal de su cuerpo y suavemente extrajo el casco de su cabeza.

Un par de ojos pequeños dentro de un rostro curioso lo estaban ob­servando.

—Hola, hijo —saludó con cariño para luego acariciarle el pelo.

—¿Trabajo? —inquirió el niño.

—Sí, trabajo —respondió, incorporándose del sillón con cierto cuidado; todavía se sentía algo cansado y mareado luego de esas sesio­nes de realidad virtual.

Caminó con el infante de la mano hasta el comedor, en donde su es­posa terminaba de colocar los platos.

—Volviste a tiempo; ya te iba a retar —dijo ella. Lo miró unos instantes—. ¿Seguro que volviste?

—Oye, sólo quedo un poco mareado, nada más —se defendió el hombre al tiempo que tomaba asiento.

Hablaron de trivialidades durante la sopa y al atacar el segundo la mujer preguntó:

—¿Qué tal el lugar?

—Bastante bonito, aunque... el administrador no me gustó mucho. Se llama M.Munzo y no parece muy simpático.

—¿M.Munzo? ¿Qué clase de seudónimo virtual es ese?

—No lo sé, mi reina, y no me importa. Recuerda que es legalmente aceptable un anagrama del nombre o apellidos.

—¿Mario Zomun, Nuzom..., Munoz?

Ambos rieron con la ocurrencia y el niño se les unió en las risas.


—Está bien —dijo Ana María, la secretaria de Alberto cuando ocu­paron el ala norte del edificio administrativo.

—Sí, está bien —añadió Víctor, el encargado de Informática.

—Empresas Pérez ha llegado al pueblo —comentó Alberto, observando por la ventana el paisaje.

Faltaban pocos minutos para las nueve y la gente empezaba a llegar al trabajo. Unos a pie, otros en automóvil, unos cuantos en parapente desde los cerros que estaban a un costado de la Oficina Virtual, otros más alocados en alas delta (que parecían caer como piedras). En la ro­tonda central se aparcaban los helicópteros, discos voladores, aeromó­viles y artefactos semejantes que la imaginación dictaba.

—Bienvenidos al Circo Virtual —dijo Ana María para después ir a sentarse frente a su escritorio.

En cuestión de minutos estuvieron conectadas las líneas videofóni­cas, las cámaras y demás enlaces audiovisuales que la empresa reque­ría. En verdad, lo que verdaderamente tuvo que hacerse fue señalar la ubicación de los objetos y por dentro, entre los millones de líneas de programas de la Red, el caudal de datos fue encauzado. A Alberto siem­pre le había parecido casi mágica la interconexión de los componentes virtuales, una especie de abracadabra visual.

No pasó mucho tiempo antes de recibir una llamada de uno de los clientes habituales.

—El chino en la línea —señaló Ana María y Alberto lo tuvo frente a sí en su escritorio.

—Buenos días, señor Pérez —saludó el oriental, notándose un leve retraso en las palabras con respecto al movimiento de los labios; era un error típico de los programas traductores—. Seré breve. La partida de ruedas ha sido enviada y llegará en un par de días. Ya no tendremos más retrasos en la aduana.

—Correcto. Los fondos serán transferidos... —un ruido proveniente del exterior lo hizo vacilar— según el protocolo electrónico acorda­do.

—Así se hará. Que tenga un buen día.

—Usted también.

Sintió alivio al acabar la comunicación, porque el ruido se hacía más agudo y le llamaba la atención. Se acercó a una ventana y no pudo ver nada. Salió de su oficina privada y se dirigió al ventanal de la recepción.

—¿Qué onda? —inquirió Víctor al ver a Alberto, Ana María y otros.

Por la calle venía una gran motocicleta, cuyo conductor vestía cha­queta de cuero y lucía un casco de acero. Al llegar a los estaciona­mientos del edificio (cerca del ventanal) se desvió para entrar en ellos. No fue grande la sorpresa al descubrir que se trataba de M.Mun­zo.

—Born to be wild —comentó Ana María y todos se rieron.

Volvieron al trabajo y el resto de la mañana transcurrió sin inci­dentes. Poco antes de ir a colación Víctor comentó:

—Echo de menos a Impuestos Internos.

—¿No te gusta la licitación del 2052?

—Mi padre dice que no había que pagar por todas las declaraciones mensuales ni las consultas en línea. —Meneó la cabeza—. El mundo va de mal en peor, sino míranos a nosotros: encerrados en medio de la na­da y haciéndolo todo.

—¡Epa, epa, nada de pesimismos! —exclamó Alberto.

Pero no dejaba de ser una gran verdad. Chile Impuestos había ganado la licitación gubernamental y (desde entonces) se encargaba de la ad­ministración de ellos. No obstante, se rumoreaba que Impuestos Cono Sur haría una propuesta mejor dentro de un par de años, cuando expira­se el contrato de Chile Impuestos.

—Vámonos a comer —propuso el contador dándole un ligero vistazo al reloj.

—Buena idea —apoyó Ana María.

Se dirigieron a sus asientos y pronto sus figuras adquirieron una solidez metálica, señal que indicaba que el usuario real del cuerpo simulado no estaba conectado. Alberto se dirigió a su escritorio para hacer lo mismo.

—¿Cómo fue el primer día? —inquirió su señora en la mesa—. ¿Al­gún problema inesperado?

—Nada. —Jugueteó con el vaso de cerveza—. A veces me pregunto si no será una locura el manejar nuestros negocios de esta forma.

—A los demás no les parece —objetó ella—. Y a mí tampoco. ¿Y qué esperabas? La Era de las Comunicaciones quedó atrás; ahora estamos en la Era Virtual.

—Así será, pero... no me agrada.

Luego del almuerzo volvió a sentarse en el sillón. Jugueteó unos instantes con el casco antes de ponérselo sobre la cabeza. En cuestión de segundos se encontraba de regreso en su oficina. Poco a poco los demás también fueron "volviendo" al trabajo. A media tarde, M.Munzo acertó a pasar por sus dependencias.

—¿Cómo les va? —inquirió, mirándolo todo cuidadosamente.

—Bastante bien —contestó Alberto y una vez más sintió antipatía por aquel hombre. Se preguntó si no estaría alterando su imagen, aun­que eso estaba prohibido; pero siempre había quienes se creían por en­cima de las leyes.

—Me alegro. —Hizo el ademán de marcharse—. Cualquier cosa, esta­mos en la planta baja.

Cuando atravesó el dintel de la puerta, Víctor le sacó la lengua y murmuró:

—Pesado.

—Me desagrada —añadió Ana María sin dejar de ordenar listas de pedidos, tocando con los dedos sobre la pantalla plana que sobresalía de su escritorio.

—No le hagan caso —dijo Alberto y se fijó en una persona que venía entrando.

—Buenas tardes —saludó el desconocido—. Vengo de Scott & Norton. Estamos al frente y vimos su cartel. Tenemos maquinaria que...

—Por acá, por favor —señaló Alberto, indicándole su oficina y am­bos se dirigieron al lugar.

Tras media hora de charla llegaron a un acuerdo para suplirles re­puestos y el hombre se marchó satisfecho. Luego de eso, Alberto salió a dar una vuelta. Por el camino se cruzó con una pareja de Carabineros que hacían una ronda preventiva. Si bien era imposible cometer actos violentos con consecuencias fisiológicas, éstos tampoco debían ser permitidos y se consideraban como reales. Las leyes llevaban en vigen­cia no más de una década y habían tardado al menos otra en perfeccio­narse.

A una cuadra de distancia giró para rodear el edificio y verlo por detrás, seguro de que encontraría algo mal construido. Empero se equi­vocó, pues todo era como debía ser. Gustaba de ser perfeccionista y encontrarle la "quinta pata al gato". Volvió a su oficina con un dejo de insatisfacción. Antes de ingresar al edificio dio un vistazo al par de pérgolas, tentado por ir a sentarse en ellas.

—Hay reunión de la comunidad del edificio a las tres y media —in­formó Ana María—. Los motores para tractores franceses llegaron al puerto hace diez minutos; Fanny llamó para decir que iba a la aduana.

—Gracias —dijo Alberto, pensando en lo aburrida que probablemente sería esa reunión.

Al día siguiente, y pasado el aburrimiento de la mencionada reu­nión, se topó con M.Munzo en la entrada. Quiso preguntarle qué hacía tan temprano, puesto que solía llegar en su motocicleta alrededor de media hora retrasado, pero no lo hizo.

—¿Qué le pareció el plan de reforestación? —preguntó Munzo.

—Interesante, aunque opino que los sauces no combinan con las pal­meras. Pero —se encogió de hombros— ¿qué importa? A fin de cuentas no es real.

—Es tan real como queramos serlo —aseveró, sonriendo con su ca­racterística mueca, y desapareció rumbo a su oficina.

Alberto permaneció perplejo unos instantes. Luego, optó por ignorar el comentario del otro.

—Tenemos un problema —dijo Ana María y señaló el escritorio de Víctor.
—¿Qué...?

La pregunta de Alberto quedó truncada al ver que una esquina del escritorio aparecía un tanto deslucida, como si le hubiesen arrojado diluyente. Era un trozo casi circular de unos treinta centímetros.

—No hice nada —afirmó Víctor.

Llamaron a las oficinas centrales y de inmediato un par de técnicos llegaron hasta el sitio. Observaron por todos lados mientras uno de ellos veía los datos que surgían en la palma de su mano (los técnicos no estaban obligados a aparentar como los demás). Los dos murmuraron algo entre sí y luego la mesa adquirió la tonalidad adecuada. Se des­pidieron para luego esfumarse en el aire.

—¿Todo bien? —inquirió Munzo, entrando por la puerta.

—Sí, ya se arregló.

—Le ofrezco mis disculpas, caballero; pero los muñecos de Informá­tica me aseguraron que no volvería a suceder. Fue un maldito error de diagramación en el mobiliario.

—No importa —exclamó Alberto—. Es un detalle sin importancia.

—Cualquier cosa me llaman.

Luego de salir Munzo, Víctor comentó:

—Se parece a los otros.

—¿A quiénes? —preguntó Alberto.

—A los técnicos —contestó Ana María—. ¿No te fijaste que tenían la misma mirada y gestos que este... sujeto?

—En verdad, no. —Miró a una joven buenamoza que atravesaba el pasillo—. Ah, qué paisaje.

—Viejo verde —le dijo Ana María y Alberto corrió a refugiarse en su despacho.

Al cabo de un mes no se sucedieron más incidentes y el negocio ad­quirió un ritmo normal, muy semejante al que había cuando tenían sus oficinas "reales" en la ciudad. Solamente una vez más vieron a los técnicos reparando algo en las escaleras. Actuaron igual que la vez anterior: rápida y eficientemente para luego desaparecer.

El hijo de Alberto se accidentó en el colegio y el hombre debió acudir para hablar con la profesora jefe. Esto lo obligó a perder casi toda la mañana. Al volver a casa, cerca del almuerzo, videofoneó a la oficina para informar que llegaría después de la colación.

—¿No te sientes rara al hablar con alguien real? —le preguntó a Ana María, quien lo miró con el ceño fruncido, para luego colgar su aparato.

—¿Quieres almorzar ahora? —inquirió su esposa.

—Pues..., bueno, no me hará mal comer una hora antes.

Al llegar a la oficina se encontró con que estaba vacía. Claro, to­dos se habían ido recién a almorzar. Miró la serie de estatuas que conformaban Víctor, Ana María y los otros, sintiendo el deseo de pintarles el rostro. Pero no era posible, puesto que para prevenir actos como ése era imposible alterar los cuerpos simulados.

—Oh, qué tranquilidad —murmuró y se acordó de las pérgolas—. ¿Y por qué no?

Caminó hasta los asientos techados y se sentó en ellos. Todo pare­cía muy normal e idílico; inclusive algunas aves se deslizaban en ban­dadas sobre el pasto. Quiso tener una cámara a la mano.

La brisa era suave y por unos instantes le pareció estar en la pla­ya. Y pensándolo bien, ¿qué tenía de malo esta realidad simulada? Los estímulos iban directamente a su cerebro, que era lo mismo que hacían los sentidos corporales. Pero, por alguna razón, quizás por el hecho de ser un tanto anticuado, se negaba a aceptarlo tan fácilmente como los demás. Sí, era útil, a no dudarlo; empero aceptaba a duras penas el tener que sumergirse durante ocho horas diarias en ese nirvana fic­ticio.

Unas voces lejanas llamaron su atención. Miró hacia su edificio y distinguió a un par de personas discutiendo en el estacionamiento, le­jos de la vista de los transeúntes. Agudizó la vista y reconoció a M.Munzo como uno de ellos. El otro parecía ser un técnico. Tras unos momentos el técnico se desvaneció. Munzo, entonces, pareció desdibu­jarse unos instantes para luego readquirir su forma normal. Se encami­nó hacia la parte trasera del edificio.

—¿Eh? —dijo Alberto en voz baja y, no pudiendo resistir la curio­sidad, se dirigió a ver qué sucedía.

Al acercarse a la parta trasera escuchó más voces. Esta vez Munzo hablaba con por lo menos dos personas más. Entonces se escuchó un rui­do muy extraño, como un rascar sobre latas y se paró en seco. Silen­cio. Después, las palabras volvieron y algo le dijo a Alberto que las cosas no estaban bien. Se acercó con cautela y atisbó escudado en una camioneta. Y el asombro lo paralizó.

Había dos siluetas más, borrosas hasta lo indecible, que discutían con Munzo; pero lo hacían emitiendo unos suaves chillidos que el hom­bre contestaba. Alberto inmediatamente pensó en intrusos ilegales, aquellos inevitables sujetos que —nietos de los antiguamente famosos hackers— se introdu­cían en las redes privadas con el fin de robar o causar daños. O, tam­bién, podían ser los dueños del sitio que estaban teniendo dificulta­des con los patrones de identidades. Pero, de ser así, ¿por qué se ocultaban y no lo trataban con los técnicos? Esto olía mal, se dijo, y retrocedió cautelosamente.

Un chillido como los otros a su espalda lo detuvo. Giró rápidamente para encarar a una silueta borrosa.

—Vaya, señor Pérez —exclamó Munzo, como si lo hubiese visto per­sonalmente.

Y esto terminó por convencer al hombre de que las cosas estaban mal, puesto que se encontraba prohibido el ver con los ojos de otros o comu­nicarse de alguna manera que no fuese "natural" dentro de la realidad virtual. Existían reglas y medidas de seguridad que impedían esos acontecimientos. Sólo haciendo trampa y saltándose esas reglas era factible actuar así. Por ello, no lo pensó más y corrió hacia su ofi­cina. Escuchó pasos tras de sí y supuso que sería Munzo o alguno de los otros. Se oprimió la muñeca izquierda con la mano derecha al tiem­po que se concentraba en la llamada de emergencia que todos podían ac­tivar. Pero nada sucedió. No escuchó la suave alarma que precedía a la intervención de los controladores de la red, ni tampoco una voz en los oídos solicitándole más información del problema.

—¡Está cortado! —exclamó, sintiendo un gran temor.

Al entrar a su oficina cerró la puerta y activó el videófono. Se encontró con la cara de Munzo diciéndole:

—No se resista.

Arrojó una taza de café contra la pantalla y el pánico lo invadió durante unos momentos para luego tranquilizarse diciendo:

—Esto no es real. Nada puede sucederme mientras siga sentado en el sillón del estudio de mi casa.

En ese instante Víctor adquirió vida y lo observó con ojos cándidos al tiempo que preguntaba:

—¿Sucede algo?

—¡Ese maldito de Munzo...!

Su exclamación quedó ahogada por el desvanecimiento de la puerta y la entrada del susodicho seguido por una silueta borrosa. Víctor abrió la boca para protestar y Munzo lo miró fijamente. Durante unos instan­tes pareció no suceder nada y luego, violentamente, Víctor se dobló sobre sí mismo para caer al suelo presa de violentas convulsiones. En cosa de segundos dejó de hacerlo y permaneció estático.

Ahora, Munzo miró fijamente a Alberto y nada sucedió. Munzo demos­tró perplejidad en el rostro al decir:

—No tiene una conexión ordinaria... Ah, sí, utiliza un codificador múltiple para conectarse. —Esbozó su sonrisa‑mueca—. Pronto lo deco­dificaremos.

—¿Quiénes... son? —preguntó Alberto y miró a Víctor.

—Está muerto, muerto de verdad —aclaró Munzo—. Le arrojamos una descarga al cerebro que hizo que todos sus músculos se contrajeran violentamente; la columna debe habérsele roto en varios fragmentos. Esto que vimos fue una parodia simplificada de su verdadera agonía.

Alberto imaginó con horror el espectáculo de su compañero y amigo revolcándose en el sillón de su casa, quizás aullando de dolor.

—¿Quiénes son? —volvió a preguntar.

—Bueno..., considerando que pronto va a morir no creo que importe.

La silueta borrosa emitió unos silbidos y Alberto empezó a sentir un pánico enorme ante ella.

—Somos de otro mundo —explicó Munzo, como quien da una charla—. Nos hemos introducido en su sistema para analizar mejor su sociedad y poder evaluar qué tan peligrosa puede ser para nosotros. ¿Sorprendido? Veo que sí, aunque hace tiempo que deberían haber aceptado la idea de que no estaban solos.

—¿Toda la Oficina Virtual es controlada por ustedes?

—Así es. Fue muy fácil crearnos una identidad ficticia, contratar técnicos en mundos virtuales y empezar a trabajar. La decoloración del escritorio fue un error en nuestros programas de recolección de datos. —Señaló con sus manos alrededor—. En verdad todo este sitio está de­dicado a la captación de las ideas de las personas. Cada paso que dan, cada puerta que abren, cada llamada nos sirve para registrar sus reac­ciones. Pronto tendremos completada nuestra misión y podremos largar­nos...

—¡Basta de estupideces! —gritó Alberto—. Vayan a contarle esas idioteces a otro, porque yo no me las trago.

Munzo, para su asombro, rió y después dijo:

—Diga lo que quiera; pero dentro de poco estará muerto. ¿No cree...?

Alberto no se quedó para escuchar el resto. Corrió hacia su oficina y saltó a la calle por la ventana. Se dirigió al edificio vecino y tropezó con un hombre que salía de allí.

—¡Ayúdeme, me atacan! —pidió.

—¿Qué pasa? —preguntó el desconocido.

—Hay intrusos en el sitio —respondió.

El otro hombre oprimió repetidas veces la esfera de su reloj. Nada sucedió y repitió la acción.

—Qué extraño, no...

Convulsiones tan violentas como las de Víctor acallaron al sujeto y Alberto corrió al interior del edificio. Una vez dentro empezó a pen­sar. Ellos, quienesquiera que fuesen, lo tenían todo bajo control. Y, si eran tan buenos para introducirse en la señal de enlace de una per­sona, entonces sería cuestión de tiempo el que descifrasen su señal. Agradeció al cielo el haber comprado ese software de seguridad perso­nal.

Se dirigió al pasillo y colocó su encendedor sobre un detector de incendios. Nada. Luego, desesperado, desdobló un clip y produjo un cortocircuito en la toma de corriente. Nada. Al parecer no había nin­guna línea de alarma conectada con el exterior. Lo habían aislado. Pe­ro tampoco podían permanecer así durante mucho tiempo sin llamar la atención. Pronto (en menos de media hora) se acabaría el turno de co­lación y todos volverían al trabajo.

Pero no tenía media hora. Quizás algunos minutos, a lo sumo.

¿Qué hacer? ¿Cómo encontrar un medio de comunicación con el exte­rior? Tenía que existir un canal en funcionamiento, una señal que in­dicase la existencia del sitio. Pateó con desesperación creciente una máquina de café y bebidas, haciéndola saltar. La pateó una y otra vez para luego correr y arribar a una sala de reuniones.

—¡No! —gritó y golpeó con los puños la cubierta de la mesa.

No quería morir así, tan violenta e inesperadamente. Siempre se ha­bía imaginado en su lecho de viejo, rodeado de sus hijos y nietos, to­dos a su lado en el momento final. Pero no sería así y probablemente nadie lo sabría; daba por hecho el que ellos (¿en verdad serían de otro mundo?) tomarían las precauciones del caso. "Accidente" segura­mente sería la excusa oficial.

Un escalofrío recorrió su espina dorsal y luego otro el pecho. Eran ellos. Ya habían descubierto su señal, enmascarada dentro de otras. Sintió un temblor en sus manos y Munzo entró a la sala.

—Se lo dije: era cuestión de tiempo.

Para Alberto ya era claro que lo tenían y, pese a todo, se dio el lujo de hacerle un gesto obsceno al otro.

Luego, la oscuridad se lo tragó.


La visión volvió lentamente, en oleadas sucesivas. Junto con ella, los sonidos empezaron a clarificarse y pudo escuchar algunas voces desconocidas.

—Vuelve en sí —dijo una voz de hombre.

—¡Alberto! —le llamó su mujer y vio su rostro casi encima de él.

—Eh...

Calló y cerró los ojos, sintiéndose tremendamente mareado y confu­so. Sintió a su esposa abrazada a su cuello, sollozando.

—Está bien —aseguró un hombre vestido de blanco que estaba incli­nado sobre la abrazada pareja.

Había otros desconocidos en su estudio. Dos de ellos eran Carabine­ros y estaban pendientes de lo mostrado por la televisión.

Alberto se incorporó con lentitud y preguntó:

—¿Qué sucedió?

—Lo desconectamos justo a tiempo —explicó el hombre de blanco, que a todas luces era un médico—. Control Virtual captó la señal de alarma de maltrato de la máquina de café e intervino. Descubrieron va­rias conexiones extrañas y una señal que trataba de apresar a la suya. La detuvieron antes de que lo lograse y se intervino todo el sitio. ¡Quién lo diría! Los primeros hackers virtuales exitosos resultaron ser de otro mundo.

—Entonces... ¿era cierto? —Alberto palideció ante la idea—. Yo no... no les creí.

—Vea esto —señaló uno de los policías, indicando la pantalla.

Una casa era allanada por fuerzas conjuntas del Ejército y Carabi­neros. Dos cosas de metro y medio, vagamente antropomórficas, pero con dos patas de más, salieron de la casa vomitando unas pavorosas descar­gas que destrozaban todo lo que tocaban. Cayeron acribilladas en medio de una gran humareda y confusión.

—Eso pasó hace media hora y era la propiedad de la empresa ficti­cia que construyó la Oficina Virtual —dijo el doctor—. Ahora los he­licópteros están rastreando los cerros de Valparaíso; se supone que la nave de ellos está escondida ahí (algunas personas vieron luces extrañas unos meses atrás).

—Era cierto —murmuró Alberto, casi sin poderlo creer.

Su hijo se abrió paso entre los desconocidos para abrazarlo. Su mu­jer nada dijo y los tres permanecieron unidos en silencio.

—Todo por una simple alarma de maltrato —murmuró Alberto y se largó a llorar como un niño.

Habían sido demasiadas emociones.

1 comentario:

Mik dijo...

Estimado Teo

Viendo detenidamente tu portada de "Bajo un Sol Negro", no puedo más que imaginar como desvirtuar su diseño y orientarlo hacia un turbio y oscuro efecto inesperado. Ya que mas que una galaxia, un planeta y una estacion espacial, veo el rostro de aquel ente gigante que observa la minúscula vida bajo un plasma viviente que no alcanzamos a comprender. Si observas bien, haz hecho sin querer, o intensionalmente, el rostro de aquel que nos observa desde lejos y que no somos capaces de ver, debido a lo grande que es...