21 marzo 2024

Gracias, papá

 


Teobaldo Fidel Mercado Orellana

24/04/1942 - 19/03/2024

Gracias, papá, por todo tu esfuerzo y sacrificio que hiciste por mí y mis hermanos. Gracias por estar siempre junto a nosotros y nunca abandonarnos, por ser la voz firme y cariñosa que velaba por sus hijos. Gracias por enseñarme a ser responsable y honrado, por dar un ejemplo de trabajo y dedicación. Gracias por haber sido el apoyo necesario en los momentos más difíciles, por escucharme y aconsejarme desde la experiencia.

Tu partida fue injusta y prematura, sin embargo, estuvimos todos junto a ti y no te abandonamos al igual que tú no nos abandonaste cuando niños. Fueron tiempos duros en donde se puso a prueba nuestro cariño, nuestra dedicación a tu persona, sin importar los sacrificios que tuvimos que hacer, siempre preocupados de tu bienestar por sobre el nuestro. Lo único que lamento es no haber podido hacer más; pero tu condición ya estaba lejos de cualquier ayuda.

Descansa tranquilo, pues nos dejaste un recuerdo imborrable que perdurará por siempre. Gracias de todo corazón y, si es cierto de que hay otra vida, espero reencontrarme contigo para volver a darte las gracias en persona.

17 enero 2023

Muere Carlos Sapag



Este sábado 14, a la edad de 78 años, ha fallecido el gran locutor Carlos Sapag Hagar, uno de los íconos de la radio chilena, que empezó su carrera en 1962 en radio Sargento Aldea y la finalizó en 2021 en Radio Portales (fecha en que se retiró de la locución).

Soy uno de los que admiran su trabajo en el gran noticiero Radio Crónicas de radio Colo-Colo, el cual coanimaba junto a Mario Pesce. Ambos fueron una dupla en mi opinión perfecta para ese noticiero humorístico, en donde las críticas a la actualidad nacional e internacional sumadas a la viveza de ellos le daba un toque único. No sé de otro programa radial similar que tuviese tanta vida, el cual siguió en otras radios luego de la salida de ambos de la radio Colo-Colo.

Acá hay un video en donde se escucha una selección de bromas y chascarros en su emisión radial conocida como Los Reporteros de la Amistad (por transmitirse en radio Amistad) y que fue la última vez que el noticiero estuvo al aire, luego de lo cual nunca lo volvieron a recrear en otro lado:


Cabe aclarar que esta selección la hice yo luego de grabar un centenar de sus programas y extraer los trozos que me parecieron más chistosos. Esta grabación se la pasé a don Carlos en un CD doble, el cual obviamente fue replicado en varias ocasiones, cuando trabajaba en radio Portales (y cuyo contacto me lo dio un colega de un foro al que pertenecí).

Descanse en paz, caballero, que nos entretuvo e informó a la vez durante muchos años en compañía de don Mario Pesce, jamás olvidaremos sus risas y bromas que fueron compañía inevitable a la hora del desayuno y el almuerzo.

Como homenaje y recuerdo de su nombre acá les comparto los programas que grabé a principios de siglo, de los que extraje la selección antes indicada. Están comprimidos en formato ZIP sin contraseña.

https://mega.nz/file/7HxnjKAD#D2bsSvudOLHp2e_PhaHTaKB1YNYm_FLSFvGEVEIQhYg

https://mega.nz/file/zXYF3DYR#4tNUzS_J1jdEdVcGX8UhFyLmHFbWe9oc36YDTOO_nxM

https://mega.nz/file/SaZkFIxY#Ra7zr2MpDLZuEP_HOT2G4Il-tkGeEFRYrgooz_zFihU

https://mega.nz/file/bPwgGLBL#rAtJbo672UOnt8psNpK_syQY4qe2MgrYwa_VUWkY2ys

https://mega.nz/file/beZSRAbI#52XZZCi958iuJpREx1vttioW7O83MKbCt2S8g1C93yU

https://mega.nz/file/DCwVHZBY#by2pszwbnPQqfHse6ZFpTK4xdSNoNS1lU_uum_Bgk_Y

https://mega.nz/file/iHQAWSAQ#KOitQTx1Du00U3niGU4pb2NCi7zm24-Wad3wkUksaiY

https://mega.nz/file/zDJVmJRS#W5CKkHie2AeJIF9QAaeRH8JnKhwXOdL75gvu7AoSV_I

https://mega.nz/file/3HBgQQxB#JVN4r-Rd0amxu_lPeFDpDJnXu3fHdyVvyBytaOmXyZc

https://mega.nz/file/mS5G2CSb#ayunTFp9jwX9DVnYq7HVzCSVAHJrr3we_8hRFNfRwf0

https://mega.nz/file/SGAxQL5Y#0xSoZ3tFje50SmUNRlsoe4rY2oaGeeemVcWRl2HXDUQ

https://mega.nz/file/LKRBhCwJ#f4fxo_5MglwwEzXMie8lt1hEvhC3RFQeQ1sIUDwUSR4

09 noviembre 2022

Publicación de mi antología

 



Finalmente están impresos los libros de mi antología titulada Fragmentos Estelares, de Editorial Pudú, que se encuentra disponible en la Librería Ur, ubicada en Nueva Providencia 2305, local 19, teléfono 222310933. El libro consta de varias historias, algunas ya publicadas y otras no, que abarcan varias temáticas que he tratado a lo largo de mi modesta carrera literaria. En la librería también encontrarán más títulos de diversas temáticas.

29 abril 2021

Fui ganador de un fondo concursable

 


El Fondo Concursable que gané fue el de la Línea de Creación del Fondo para el Fomento del Libro y la Lectura. Lo postulé bajo el nombre de Caliboros que fue evaluado y finalmente seleccionado. Estoy muy contento de haber ganado no solo por la recompensa monetaria, sino porque lo considero un paso adelante en mi modesta carrera de escritor. Lo gané sin pitutos de ningún tipo que es lo que más de alguien estará pensando. Ahora espero gestionar la edición el año que viene.

Además, David Cofré de Editorial Pudú ganó también un fondo concursable para editar una antología mía y que verá la luz durante el segundo semestre de este año (si no hay contratiempos derivados de la pandemia). O sea, gané por partida doble, lo cual me tiene muy contento.

31 enero 2020

Un concierto histórico


Repito la entrada que publiqué hace una década, porque han pasado diez años y es un nuevo aniversario del concierto.




Hoy se cumplen cuarenta años de un concierto histórico que pasó casi desapercibido en el mundo entero. Se trata de la primera actuación de un grupo occidental en Alemania Oriental, acaecida en medio de la Guerra Fría. La banda en cuestión fue Tangerine Dream, compuesta por Christopher Franke, Johannes Schmoelling y Edgar Froese (su líder, que además es escultor). Su estilo era la música electrónica seria (mal llamada New Age y que casi nada tiene que ver con el Techno, Dance, DJ y similares), un estilo siempre dejado de lado en la escena musical mundial, salvo raras excepciones. También ha sido llamado rock electrónico, aunque de rock no encuentro que tengan mucho. No obstante, independiente de las etiquetas asignadas al estilo, lo importante es que fueron los primeros en actuar al otro lado de la Cortina de Hierro. Cabe destacar la curiosa postura de Edgar Froese, quien dice que no hace música electrónica; quizás por eso hoy en día componen en un estilo muy diferente al de antaño.


El grupo tardó dos años en conseguir el permiso para su actuación, siendo invitados luego a dar dos conciertos en el Palast der Republik, Berlín Oriental, el 31 de enero de 1980. El permiso se consiguió porque seguramente su música no se consideró “políticamente peligrosa”. En este lugar se hacían las sesiones parlamentarias y reuniones políticas del gobierno de la época. El 80% de las entradas se entregaron a oficiales y organizaciones ligadas al gobierno; el 20% restante se vendió en cinco minutos.

Los conciertos fueron un éxito total, inclusive casi un millar de personas quedaron fuera y empezaron a presionar las puertas de vidrio. Edgar Froese le pidió a los oficiales que los dejasen entrar para evitar problemas y así lo hicieron. El evento se editó con el nombre “Pergamon”, un disco con apenas dos pistas, pero llenas de la calidad que los caracterizaba. Empieza con un solo de piano a cargo de Johannes Schmoelling, para luego adentrarse en los melódicos caminos de los sintetizadores del grupo. El álbum es toda una sinfonía electrónica, típica del Tangerine Dream de aquella época, y casi completamente alejado del estilo comercial de la banda hoy en día. En Internet hay una tercera parte inédita dando vueltas y en una radio, a finales de los ochenta, escuché un trozo que era del mismo concierto (igualmente inédito).

Actualizo la información: Al fin conseguí en una edición que no diré es "pirata", porque la autorizó el grupo con la condición de que fuese gratis, denominada "Tangerine Tree" el concierto completo (o casi) con más de hora y media de duración. Está para descargar en torrent y este concierto se denomina Vol. 17 East Berlin 1980. Son un total de 92 conciertos en todo el mundo desde los setenta en adelante.


Por desgracia, la prensa no se hizo eco de este evento histórico, pues apenas apareció una pequeña mención en un periódico al día siguiente. Por lo visto a ninguno le interesó contar esta noticia y fue así como pasó casi al olvido, excepto por los pocos que nos interesamos en este estilo. Me contaron que en Chile en una radio lo mencionaron en su momento, pero eso fue todo.

Tangerine Dream es, para quienes no lo saben, un grupo precursor en la música electrónica en los años setenta y parte de los ochenta. Hasta el momento ha editado más de cincuenta álbumes, tanto en vivo como en estudio. Ellos y Klaus Schulze, ex integrante de la banda, crearon la Escuela Alemana de Música Electrónica, en donde el músico japonés Kitaro fue discípulo de Schulze. Sin embargo, desde 1990 se han decantado por un estilo más comercial, que poco o nada tiene que ver con el de los setenta y ochenta. Como sea, son un verdadero ícono en el movimiento electrónico mundial. Algunas de sus grandes obras son: Ricochet, Stratosfear, Tangram, Encore, Force Majeure, Hyperborea, Phaedra, Logos; así como algunas bandas de sonido: Sorcerer (El salario del miedo), Street Hawk (El Cóndor, serie de TV), Miracle mile, Thief, Firestarter. Su sitio oficial es:


04 enero 2018

No mires, Dray


 


Dray trabajaba en el laboratorio del gran mago Towald Trigenistus. Había sido aceptada como segunda ayudante el mes anterior y estaba ansiosa por colaborar con el hombre a efectuar sus artes mágicas en aquel amplio sótano. En realidad, era un gran laboratorio, en donde la magia afloraba por doquier, tanto en la forma de sutiles vibraciones como en la presencia de extraños libros y objetos, algunos de los cuales parecían tener vida propia. La paga no era mala y le servía para ayudar a las necesidades de su hogar y para sus estudios.

—Dray, pásame la poción Nº5 —pido Trigenistus con su voz seria y profunda que lo caracterizaba.

La joven inmediatamente acató la orden de su amo. En cuanto el frasco estuvo en manos del mago, ella se apartó respetuosamente del mesón de trabajo. Una gran fuente de metal, cuya tapa yacía al lado sobre la madera, contenía una misteriosa sustancia en perpetua ebullición. Trigenistus murmuró un encantamiento en una lengua desconocida y luego arrojó una piedra negra dentro del recipiente. Dray lo observaba todo con sus enormes ojos muy abiertos, siempre curiosa con respecto a lo que acontecía ante su vista.

Hubo una gran llamarada que emergió de la fuente y elevó la temperatura del laboratorio en varios grados, pero esa sensación de calor desapareció tan pronto como había llegado. Ahora numerosas chispas brotaban de la sustancia que había detenido su ebullición. El mago permaneció recitando algunos encantamientos más y luego de algunos minutos le puso la tapa a la fuente.

—No mires, Dray —le dijo a la joven mientras señalaba la fuente.

—Sí, señor —aceptó ella.

—Saldré a buscar unas hierbas que necesito para mi siguiente hechizo —informó Trigenistus, colocándose una capa y cogiendo su báculo metálico incrustado de piedras mágicas—. Ten la bondad de limpiar el laboratorio; luego, puedes servirte té y bocadillos a tu elección.

—Así lo haré, señor, gracias por vuestra generosidad.

El hombre le acarició el despeinado cabello y subió las escaleras.

—No mires —murmuró Dray, pero la inquietud la corroía.

Empezó a barrer el piso, evitando acercarse al mesón. Sin embargo, cuando hubo completado la limpieza del piso tuvo que forzosamente acercarse a la misteriosa fuente. Se detuvo, pensativa, recordando los otros experimentos que había presenciado y por los cuales había recibido la misma recomendación de mantenerse apartada. Siempre le llamó la atención el resultado de los experimentos mágicos de Trigenistus, aunque hasta el momento no había visto el contenido de la fuente.

—No mires —volvió a murmurar mientras barría debajo del mesón y sus grandes ojos miraban de reojo la fuente.

Un suave golpe que provenía del interior del recipiente la alertó. Eso no había sucedido antes, nunca escuchó que… Ahí estaba otra vez, empero ahora un poco más fuerte. Se apartó un poco del mesón al tiempo que asía firmemente el palo de la escoba. Otro golpe más.

—Debo esperar a mi amo —dijo en voz alta para darse ánimos.

Un nuevo golpe resonó en la soledad de laboratorio.

—Amo, vuelva pronto —dijo con el corazón latiéndole de inquietud.

Tres golpes después fue incapaz de contenerse y se acercó a la fuente. Cuando sonó un nuevo golpe, aproximó la cabeza con lentitud hacia la tapa. Los golpes cesaron, sin embargo, su curiosidad se había desbocado y no le era posible contenerse por más tiempo. Miró asustada sobre su hombro, sabedora de que iba a hacer lo prohibido, y suavemente movió menos de un centímetro la tapa. Y el asombro la paralizó. Esperaba ver destellos multicolores, objetos multifacéticos, joyas encantadas o algo por el estilo, no obstante, ante sus ojos apareció la figura de un pequeño gatito.

—Qué minino tan lindo —comentó.

El felino maulló de una manera que la conmovió profundamente. Se veía tan pequeño, tan indefenso, tan tierno que no pudo resistirse más y abrió la tapa casi en su totalidad. Unos ojos negros y brillantes, semejantes a los propios, la miraron con agradecimiento.

—Ven aquí —pidió la joven estirando sus brazos.

El gato no se hizo de rogar y salto hacia ella. Se acurrucó en su regazo mientras Dray le murmuraba:

—Todo está bien, nada malo te va a pasar.

Se preguntó qué hacía un gato dentro de la fuente. No tenía sentido, el mago hacía experimentos nuevos y eso parecía el resultado de un simple hechizo de invocación… ¿O no? Ella no era muy versada en las artes mágicas, mas esto…

Un temblor empezó a recorrerla y pronto se dio cuenta de que provenía del felino. Lo miró y se dio cuenta de que su tamaño aumentaba por segundos. Lo soltó espantada y pronto tuvo ante ella a un enorme y furioso tigre con dientes muy largos. El pánico la invadió y entendió el motivo de la advertencia de su amo. Un rugido la estremeció de pies a cabeza y trató de encontrar una solución al problema. Retrocedió con la escoba entre sus manos, sabedora de que no le serviría de nada contra una criatura como aquella. El felino se dirigió hacia ella con pasos lentos y confiados. Su mirada era de maldad, desprovista ya de toda ternura.

—Pócimas de transmutaciones —leyó Dray en la estantería de su izquierda y cogió la primera botella que tuvo a mano. No lo dudó ni un segundo y la arrojó contra su adversario.

Un líquido verdoso salpicó al tigre, el cual no sufrió el menor cambio ni se detuvo en su andar. Dray cogió otro frasco, lo destapó y roció nuevamente a la criatura. Nada, su segundo intento tampoco surtió efecto. Entonces recordó que las pócimas de transmutaciones se aplicaban a metales, no a seres mágicos.

Corrió a toda prisa por entre los estantes en un esfuerzo por llegar a las escaleras, pero el felino le interceptó el paso. Se movía con una velocidad asombrosa y era obvio que no escaparía de sus garras. Empezó a retroceder. La escoba era sostenida inútilmente entre sus manos, se negaba a soltarla por una absurda sensación de seguridad. El tigre estaba cada vez más cerca, casi olía su aliento y veía el reflejo de ella misma en aquellos ojos repletos de maldad. Había cometido la última equivocación de su vida.

Una luz iluminó de improviso toda la estancia, haciendo que el felino mirase en todas direcciones. Otros pasos igualmente decididos como los del tigre se acercaron hasta ellos.

—¡Vuelve a tu encierro, criatura maligna! —exclamó Towald Trigenistus.

El ser mágico empezó a disolverse en una nube de partículas que fluyeron por el aire hasta la fuente. Una vez estuvieron todas dentro, la tapa se colocó sobre ella por sí sola.

Los aterrorizados ojos de Dray miraban al mago con temor, pues sospechaba que el castigo por desobedecerlo sería muy grande. Cuando el hombre se le acercó, ella simplemente corrió a abrazarlo y llorar de emoción.

—Lo siento, mi amo, hice… lo que no debía —dijo mientras las lágrimas caían por sus mejillas.

Trigenistus permaneció impasible unos segundos y luego dijo:

—No hay problema, pequeña. —Le acarició la cabeza con ternura—. En verdad, era una prueba, quería saber cuánto tiempo soportabas sin mirar dentro de la fuente. Y has pasado la prueba muy bien, todos los otros ayudantes al segundo o tercer día empezaban a husmear.

—¿Lo dice en serio, señor? —preguntó ella, incrédula, abriendo y cerrando sus grandes ojos sin cesar.

—Por supuesto. La curiosidad humana es muy grande, yo también la tengo, aunque el saber controlarla nos hace un poco mejores. —Sonrió sin reparos y le apartó un mechón de cabello del rostro—. Vamos, limpiemos este estropicio, que hay mucho trabajo por hacer todavía.

—Sí, señor —dijo ella y juntos partieron a arreglar los destrozos.



27 agosto 2016

Conversaciones con Sergio Meier


El viernes 19 de agosto a las 18:30 horas se efectuó en la Librería "En el blanco", Blanco 1065, Valparaíso, el lanzamiento de este libro, cuyo prólogo es de Francisco Ortega. En él, Carlos Lloró narra numerosas conversaciones sostenidas con mi amigo y colega Sergio Meier (fallecido en 2009) a lo largo de los años, en donde se desglosan numerosas ideas y conceptos que fueron la pasión de "El Alquimista de Quillota", como le decían cariñosamente. Así, asistimos a largas pláticas en donde se tratan ciencia, alquimia, literatura, universos paralelos, agujeros negros y un largo etcétera. Meier era un estudioso de todos estos temas, siempre intrigado por ver qué había más allá, siempre anhelante de poder asomar la cabeza fuera de nuestra realidad. Yo mismo tuve varias conversaciones en su casa, en donde pude ver el interés que él tenía y la cierta pomposidad que le caracterizaba al hablar. Era muy expresivo y especial, algo que pueden apreciar en la gran entrevista que le hizo Cristián Warnken:


Han transcurrido ya 7 años desde su muerte y todavía tengo fresca la noticia en la mente. Lo apreciaba bastante, era un muy buen amigo con quien el tiempo se me pasaba volando al conversar. Siempre recordaré con cariño su hospitalidad en su casa de Quillota, las bromas e ideas que nos rondaban al reunirnos. Él quiso mantener su cáncer en secreto, seguramente para no preocupar a los demás, con lo cual su deceso nos pilló desprevenidos. Así es la vida, qué le vamos a hacer, lo importante es recordar a quienes ya no están con afecto y seguir adelante hasta que sea nuestra hora.
Agradezco a Carlos Lloró el haber sacado este libro, en donde se pueden apreciar mejor las ideas de Sergio.









Conversaciones con Sergio Meier
Carlos Lloró
Universidad de Valparaíso
Agosto 2016

29 agosto 2015

Cartelera de Cine - Miguel Acevedo


     Este es un libro (librito, mejor dicho, sin que el diminutivo sea despectivo) que escribió mi buen amigo/ñoño/friki Miguel Acevedo. Él es Profesor de Historia y —al igual que yo— desde niño aficionado al género fantástico. Durante los últimos años se ha dedicado a colocar entradas en su blog referentes a esos cines que frecuentábamos cuando niños/adolescentes. Finalmente, reunió todos esos escritos y los aglutinó en forma de libro, añadiéndole algunos textos extras. El resultado es una obra que con mucha sencillez —y no exenta de cierta nostalgia— nos abre aquel mundo ya perdido de las salas de cine, contándonos acerca de su emplazamiento e historia, además de alguna anécdota. Su prosa estila cariño por una época en donde el mercantilismo no estaba tan entronizado como ahora, cuando las funciones rotativas permitían que la gente pudiera quedarse a ver la película de nuevo sin tener que salir del cine y adquirir otra entrada, sin ser sancionado por traer golosinas de fuera o pagar sumas exhorbitantes por una simple bebida.

     Junto con narrar todo lo anterior, Miguel se dedica a adornar los textos con vivencias personales, detalles autobiográficos que se complementan con lo otro, demostrando la manera en que eso influyó en su vida. Al leerlo con detención nos adentramos en ese mundo, su mundo, haciéndonos partícipes de aquella época y —de paso— aprendiendo algo acerca de la historia reciente de nuestro entorno.

     El libro está impreso en un formato sencillo, cual folleto divulgativo, que engaña al vistazo general, no obstante, los puntos que ya mencioné lo hacen digno de sentarse al lado de otros más gruesos. No es solo nostalgia, sino historia y reflexiones que harán pasar más de un buen rato al lector. Y a quienes vivimos es época nos la traerá a la mente, fresca, como si hubiera acontecido ayer.

     El sitio del autor es:

     http://ledicenpoesia.blogspot.cl/

   Ahí pueden descubrir más acerca de él y adquirir el libro haciéndole llegar un mensaje.

     Cartelera de Cine
     Mayo 2015
     Ediciones Gatojurel
     Fonos 63200138 - 63080530

25 junio 2015

Lanzamiento de "Poliedro V"


El Viernes 3 de julio a las 19 hrs., en el Café Literario Parque Bustamante (Av.Providencia 410, Metro Salvador) se lanza el quinto volumen de esta antología chilena de cuentos de Ciencia Ficción, Fantasía y Horror. Esta obra es presentada por Grupo Poliedro y Editorial Bajo Los Hielos.

Presentan:
Claudia Andrade Ecchio
Doctora en Literatura Chilena, Universidad de Chile

J.H.Magno
Community Manager de Fantástica Chile

Moisés Hasson
Autor de Comics en Chile. Catálogo de Revistas (1908-2000)

También estarán presentes los escritores Armando Rosselot, Luis Saavedra y Sergio Fritz.

En esta antología se incluye mi relato "Cuando se fueron los vecinos".

Agradezco a la gente de la antología la invitación a participar.

30 diciembre 2014

Desierto de Atacama noviembre 2014


Entre los días 16 y 28 de noviembre hice un nuevo viaje en bicicleta al norte. Me fui en bus hasta San Pedro de Atacama y de ahí partí pedaleando hasta Copiapó. El único trayecto que tuve que hacer nuevamente en bus fue Antofagasta-Chañaral, ya que me iba a pillar el tiempo para llegar a tiempo donde mi amigo en la ciudad de destino.

El viaje estuvo maravilloso, lleno de sol, arena, viento, soledad y desolación, atravesando lo que antiguamente se llamaba el Despoblado de Atacama. Me faltaron 4 miserables kilómetros para llegar a un punto, pero el año que viene lo conseguiré. Para más detalles, pueden ver el reporte completo que hice en el foro de ciclismo al que pertenezco:


Adjunto algunas fotos y videos de mi experiencia:









11 enero 2013

Mi primer libro “Bajo un sol negro” en pdf para descargar gratis





He dejado el formato del papel para entrar de lleno en el libro digital. Lo hago porque me aburrí de trastear tanto con miles de hojas, encuadernación, corte, diseño, distribución, etcétera. Pero no importa, para eso existe el e-book. Además, el intentar con las editoriales resultó en fracaso y no quiero pasarme el resto de mi vida corriendo de una en otra. Acá hay un pequeño resumen de lo vivido:

Editorial Planeta chilena: Al editor le pareció bien escrita, no obstante, era ciencia-ficción y eso no vendía.
—Editorial española cuyo nombre no recuerdo (boté las cartas recibidas años atrás): En principio encontraron interesante mi novela, aunque al final no la publicaron.
—Equipo Sirius: Dos meses después de enviarles el contrato firmado para la publicación de mi space opera, dijeron que no lo iban a hacer.
—Grupo Ajec: Se suponía que mi antología saldría el primer semestre de 2011. Bueno, tuvo graves problemas económicos, así que no puedo esperar que la edición se concrete, no es su culpa y en todo momento fueron muy amables y caballeros conmigo.

Además de muchas otras en Chile y España que dijeron “No” a mis cartas/correos o simplemente los ignoraron.

Como dije antes, no importa, la tecnología nos ha brindado nuevos y maravillosos métodos con los cuales publicar, así que de todas maneras editaré mis obras. Seguramente algunos me seguirán reprochando lo de ser escritor autoeditado, pero eso es parte del juego. Sigo adelante con esto porque sé que voy por el camino correcto. No me creo la Octava Maravilla, mi ego es pequeño, sin embargo, considero que puedo aportar algo interesante a la escritura. Ha sido un camino esforzado, no exento de problemas, desde los que esgrimieron el típico “tus escritos nunca le interesarán a nadie” y terminando por cierto egocéntrico famosillo que dijo que yo era un mal escritor (en circunstancias que él envía unos correos que dan pena por lo mal redactados que están). No obstante, nunca me rendí y seguí adelante pese a los inconvenientes, pese a saberme un escritor tradicional (a veces lindando con lo "hard") dentro de un ambiente en que eso no gusta. Todo lo que he conseguido ha sido gracias a mi esfuerzo y a los buenos amigos que he cultivado a lo largo del mundo, sin necesidad de Padrinos Mágicos que le digan a los demás lo bueno que soy o que me regalen premios que no me merezco, ni Mafias de ningún tipo o perritos falderos que dediquen sitios enteros a mi adoración. Creo en el trabajo personal antes que otra cosa y así seguiré escribiendo.

Los enlaces para descargarlo son los siguientes:

Pdf:

Además, aprovecho de dejar los dos primeros capítulos de mi space opera “Hacia otros Universos” como anticipo a su publicación digital durante los próximos meses:


Espero que les agraden mis obras y disfruten de su lectura.

Saludos.

09 julio 2012

Anticipación, el arte de predecir el futuro


El futuro imaginado. Con este título mi amigo y colega Omar Vega lanzará su libro el día 24 de este mes a las 19:00 horas en la Terraza de Lectura de la Biblioteca de Santiago, Matucana 151, Metro Quinta Normal. Trata, como dice el título, sobre el futuro y cómo ha sido visto a través de la historia y los métodos modernos para predecir lo que vendrá. Más información pueden obtenerla en su blog:


Me alegro mucho de que Omar publique su primer libro en papel y espero que tenga buena acogida entre el público.

Me retiro a seguir repasando la versión en PDF de mi space opera y sus continuaciones.

25 abril 2011

¡Pedalea, pedalea!

Este relato lo escribí inspirado en aquellos imbéciles que de vez en cuando veo pasar hechos una bala entre la gente. Me dije: ¿qué sucedería si alguno de ellos estuviese...? y salió esto. La bicicleta es mi segunda gran afición después de la escritura, tal como pueden colegir de mi entrada anterior.

¡Pedalea, pedalea!

Teobaldo Mercado Pomar

Inscrita en el Registro de Propiedad Intelectual con el Nº194.055




Eduardo apoyó ambas manos sobre el centro del manubrio de su moto, mirando alrededor con aire casual. Todo se veía tranquilo en aquella primaveral tarde de domingo. La gente paseaba con sus amigos y familia a orillas del río. Un escaso tráfico circulaba por las calles y, a menos de diez cuadras, había una gran plaza con juegos infantiles. Envidió un poco a quienes podían disfrutar de un fin de semana normal. En cuanto llegase su compañero le preguntaría cómo...

Un grito a sus espaldas lo sobresaltó. Giró rápidamente la cabeza y vio a una pareja de jóvenes que miraban a un ciclista con enfado. El sujeto iba en la típica mountain bike con que muchos subían a los cercanos cerros. Aparentaba unos treinta y algo, usaba casco, espejo retrovisor, guantes, llevaba luces y reflectantes en el marco; en síntesis, parecía alguien que cumplía con la ley. Pero iba pedaleando como un enajenado por aquella vereda junto al río, rozando a los peatones como si estuvieran pintados en el suelo y lo siguiese una manada de velociraptores.

—Adiós tranquilidad —murmuró Eduardo y encendió el motor.

Salió en pos del ciclista, lamentando que ya hubiera alguien ebrio o drogado tan temprano, quizás proveniente de alguna fiesta sabatina que no había querido terminar aún. Aceleró por la calle, desplazándose en paralelo hasta alcanzar al hombre una cuadra más adelante.

—¡Señor, deténgase! —ordenó desde poco más de dos metros de distancia. El otro lo miró un segundo y la desesperación fue patente en su rostro; era la mirada de alguien asustado, no la de un borracho o drogadicto.

Eduardo se subió a la vereda, situándose al lado del otro. Una mujer joven con un bebé en brazos se cruzó en su camino y ambos se abrieron para evitarla.

—¡Deténgase, le digo! —exigió Eduardo, volviendo junto al ciclista, pero esta vez desde la calle.

—¡No puedo, mi cabo, me está persiguiendo! —gritó mientras maniobraba entre una hilera de bancos.

Eduardo se preguntó qué le estaría sucediendo al sujeto, quizás sufría de alucinaciones. ¿A lo mejor no se habría tomado sus pastillas? Miró rápidamente hacia atrás, no viendo a nadie que viniese tras ellos.

—Mierda —murmuró con algo de rabia mientras pensaba en la mejor manera de detener al otro sin dañarlo para que nadie alegase brutalidad policial.

Un automóvil que doblaba por la calle tuvo que efectuar un brusco frenazo para no colisionar con el motorista. Eduardo pasó junto al vehículo haciendo una pequeña pirueta y así no estrellarse contra un poste del alumbrado. Aceleró un poco, ya que su objetivo le había sacado algo de ventaja.

—¡Por última vez, señor, deténgase! —gritó.

—¡Le dije que me sigue!

—¡Atrás no viene nadie, hombre, pare!

Eduardo iba a cruzarse en el camino de la bicicleta cuando escuchó un grito a sus espaldas. Redujo la velocidad antes de girar la cabeza y ver a una joven rodar por el pasto. Miró al frente para ver que estaba despejado y luego volvió la vista atrás; un instante después, un tacho de basura salía volando sin que nadie lo tocase. Eso lo confundió, pues no tenía sentido. Siguió su marcha paralelo al ciclista, el que dijo:

—¡Sólo se puede ver con los espejos, no con los ojos!

Eduardo estuvo tentado de mandarlo a freír espárragos, sin embargo, sentía algo extraño en el aire. Dio un vistazo a los espejos y vio una figura borrosa que pasó por ellos. Un escalofrío lo recorrió y casi perdió el control de su máquina. Atravesó entre dos automóviles detenidos en una luz roja sin darse cuenta.

—¿Lo ve? —preguntó el ciclista, transpirando copiosamente por el esfuerzo.

Eduardo miró para atrás sin distinguir nada. No obstante, al usar los espejos retrovisores, una figura se perfiló con nitidez. El asombro y el miedo lo recorrieron en cantidades iguales, pues lo que veía no podía ser, no podía existir algo así. Tragó saliva y el hombre lo miró fijamente un momento antes de seguir pendiente del camino.

—¡Huevón! —gritó un transeúnte al ser casi atropellado por la motocicleta.

El asombrado Eduardo se tragó una disculpa mientras miraba por el espejo la cosa que venía tras ellos. Era grande, más de dos metros, semejante a un oso de pie; pero con piernas más delgadas que usaba para correr con una agilidad asombrosa. Su pelambre era corto y la cabeza tenía un par de grandes ojos que miraban con frialdad por sobre una enorme boca manchada con sangre.

—¡Me viene siguiendo de los cerros! —contó el ciclista— ¡Ayúdeme, haga algo!

—¿Qué voy a hacer? —preguntó el uniformado.

En verdad, ¿qué iba a hacer? ¿Pedir refuerzos? ¿Le creerían si decía que lo seguía una bestia invisible al ojo humano? No tenía idea acerca de cómo actuar, era una situación para la que no lo habían entrenado en la Escuela de Carabineros. En el mejor de los casos, ¿cómo detener o dispararle a algo que no se ve a simple vista? Supuso que con infrarrojos o sensores térmicos sería capaz de seguirle la huella de calor, pero no tenía ese equipamiento...

—¡La laguna de la plaza! —exclamó el ciclista.

—¿Cómo?

—¡La laguna, hombre! —respondió, jubiloso y esquivó a una pareja con un perro, el cual se puso a ladrar hacia la criatura que los seguía— ¡Me puedo meter en ella y esa cosa al seguirme levantará agua y podrá ver dónde está! ¡Después le dispara!

Eduardo comprendió al instante la idea y dijo:

—¡Vale, yo me adelanto!

—¡Cuidado con darme a mí! —advirtió el hombre, quien daba muestras de agotamiento.

La motocicleta saltó sobre la vereda y enfiló recto por un sendero. Aplastó unas flores mientras Eduardo tocaba la bocina para indicarle a la gente que se hiciera a un lado. Aceleró hasta la laguna, procediendo a colocarse al otro extremo de ella y, pistola en mano, le gritó a las personas que estaban en las cercanías:

—¡Váyanse de aquí!

Ante la vista del arma todos le hicieron caso y pronto el lugar quedó vacío de gente. Con la pistola sujeta fuertemente entre sus manos aguardó la llegada del ciclista, el cual no tardó mucho en hacer su aparición. Agradeció la poca concurrencia de personas a ese lugar, pues en caso contrario la situación podría ser mucho peor.

—No falles, no falles —murmuró mientras apuntaba la pistola.

La bicicleta saltó el pequeño borde de la laguna y se introdujo en el agua. Su conductor se bajó a toda velocidad de ella y corrió hacia Eduardo. Tras él, una gran salpicadura lo seguía a poca distancia. La mira quedó centrada en el hombre y luego la desvió hacia un lado. Con la mano izquierda le hizo el gesto de que se apartara y el ciclista corrió a la derecha, dejando al descubierto el agua desplazada por la criatura. Perfecto. No era preciso el verlo para saber dónde estaba. Oprimió el gatillo al tiempo que se preguntaba si las balas lo detendrían, pues en caso contrario su suerte estaría echada. Era tarde para hacer suposiciones y continuó disparando hasta que escuchó un rugido y sintió que algo grande caía al agua. Luego, silencio. Temblando, se acercó a la laguna. El otro hombre estaba a varios metros junto a un banco. Los dos tiritaban de miedo.

—Parece... que le diste —dijo el ciclista, dando unos pasos hacia él.

Varias personas miraban de lejos sin poder comprender lo que acontecía.

—Pa-parece que sí —exclamó Eduardo, metiéndose en el agua.

Había una depresión en el líquido y se acercó a ella. Sin dejar de apuntarle, le dio un golpecito con el pie derecho. Sintió que le pegaba a algo sólido que afortunadamente no se movió.

—¿Está muerto?

—Eso creo —respondió, golpeándolo de nuevo con más fuerza. Miró al otro y preguntó—: ¿Cómo... apareció?

—Iba por un sendero y... vi un perro que gemía. —Se sacó el casco y algunas canas quedaron al descubierto. Con el dorso de la mano se secó el sudor—. Creí que estaba herido; pero al acercarme se levantó en el aire y saltó sangre de su panza. Imaginé que alguien lo atacaba, aunque no vi a nadie. Me confundí, no pensé, sólo arrojé una rama filuda contra el aire... y golpeé a... a eso. El perro cayó al suelo mientras escuchaba un bramido como de toro. Instintivamente di media vuelta en la bici y huí. Por el espejo retrovisor lo vi. Bajé echo una bala varios kilómetros, casi me mato en algunas curvas, con esa cosa pisándome los talones. Fue el mejor descenso de mi vida y nadie lo vio, ¡ja!

—¿Qué cresta era? ¿El chupacabras?

—Que me cuelgen si lo sé, mi cabo. Habrá que esperar a lo que diga la ciencia. —Sonrió un poco—. Esto nos hará famosos.

Eduardo asintió. Guardó su arma, preguntándose qué diablos iría a suceder ahora. Lentamente el sitio se iba llenando de gente.

29 diciembre 2010

Mi tercer viaje al desierto



 No podía despedir el año sin contar mi última aventura en bicicleta.

Al fin, después de un año de espera y planificación, conseguí hacer mi anhelado viaje por la costa de la Tercera Región. Fue del domingo 14 al jueves 18 de noviembre. Y valió la pena: fueron las mejores vacaciones de mi vida, lo pasé shansho pedaleando por el desierto. Éramos sólo mi Negra y yo, abriéndonos camino por entre la soledad de día y de noche, topándonos en ocasiones con nadie durante toda la mañana o toda la tarde, salvo algún ocasional vehículo o lugareño que vive alejado de los demás. Yo quería disfrutar de un viaje tranquilo, olvidarme de todo y todos por unos días, y lo conseguí.

La crónica es larga y no tengo ganas de perder mucho tiempo subiendo todas las fotos que tomé, una labor lenta y tediosa en Blogger, así que les dejo el enlace en los foros en los que participo para que las vean todas; en el foro Bikemontt se puede descargar el zip con los archivos para el Google Earth y los GPS.

Acá mi reporte en los foros chilenos de ciclistas:

http://www.bikemontt.com/foro/topic/76240-caldera-a-huasco-por-la-costa/page__pid__1085499__st__0&#entry1085499


Y en el foro en inglés:

http://www.candlepowerforums.com/vb/showthread.php?303466-In-MTB-at-night-in-the-desert&p=3610345#post3610345

http://www.candlepowerforums.com/vb/showthread.php?303472-My-batteries-during-my-trip-to-the-desert

Espero que esto motive a más personas a subirse a la bicicleta y hacer cicloturismo, una forma muy entretenida y sana de conocer el mundo.

14 octubre 2010

Tactical flashlight

Esta es una historia que dedico a mis colegas flashalcólicos de CPF. Toda la terminología técnica es verdadera, esas “extrañas” baterías sí existen y son usadas actualmente. Sólo cambié los nombres de las marcas para proteger a los inocentes, je, je , je. Es un tanto ingenua en su desarrollo, advierto, pero hay un motivo para ello.

La linterna a la que hago alusión es una como ésta:



Tactical flashlight

Teobaldo Mercado Pomar

Inscrita en el Registro de Propiedad Intelectual con el Nº 194.055

Cuando Osvaldo vio la caja sobre la mesa del comedor inmediatamente sintió una gran alegría en su interior. La linterna había arribado al fin, la espera de dos semanas (que parecieron dos meses) lo tuvieron muy inquieto hasta ese momento. Le dio las gracias a su padre, que había recibido el paquete, y partió a su pieza con premura apenas contenida. Cogió un cortacartones y sobre el escritorio procedió a abrir el envoltorio. Pronto quedó ante sus ojos la sencilla caja que contenía el preciado bien.


Finix L200
Tactical flashlight
Max 180 lumens
Two AA batteries

Era la primera linterna de verdad que poseía, toda una leyenda entre los exploradores y merecedora de más de un video en Youtube, provista de un potente led Cree Premiun Q5 que brindaba un potente haz de luz visible desde cientos de metros. Tenía seis modos de iluminación: Bajo, Medio, Alto, SOS, Turbo y Strobe, adecuados para casi cualquier situación imaginable. Y lo mejor era que funcionaba con dos simples baterías AA, nada de esas extrañas CR123, 18650 ó 17500, muy difíciles de encontrar en su país.

—Quiero verte en acción, preciosa —murmuró, poniéndole ceremoniosamente las dos pilas NiMh de 3000 mAh que ya tenía cargadas para la ocasión.

Apagó las luces y accionó la interna. En modo Bajo iluminaba bastante, en Medio más aún y en Alto hacía casi innecesaria la lámpara del techo. El modo SOS emitía tres destellos cortos y tres largos. Giró la cabeza y el modo Turbo lo sorprendió por su potencia. Un rápido apretar del botón de encendido y una serie de destellos continuos alumbró como las luces de una discoteca. Sonrió, complacido ante la compra, olvidándose del costo del aparato. Ahora sí poseía una linterna para salir de excursión con sus amigos y poder alumbrarse como era debido en medio de la oscuridad de la noche.

—Cómo me gustaría tenerte ahora conmigo, mi linda —murmuró y un aire de tristeza lo envolvió al recordar a Andrea, su amada, quien en las próximas semanas partiría a vivir a Australia. Esto opacó la alegría de lo recibido durante un largo minuto, al cabo del cual volvió a encender las luces.

Colocó la linterna en su mochila de camping, aunque luego lo pensó mejor y la dejó en la que llevaba al trabajo. No era necesario, sin embargo, prefería estar preparado ante cualquier emergencia. Se puso a leer el folleto de instrucciones y en eso estaba cuando lo llamaron a cenar. Partió a comer, no sin antes darle un último vistazo a su nueva adquisición.

* * * * *

La noche ya se había dejado caer cuando Osvaldo y sus amigos departían junto a la infaltable fogata de todo campamento. Ya habían comido, cantado y bromeado un buen rato.

—Ríete con más ganas, hombre —pidió Juan, su amigo del alma, palmeándole el hombro.

—Sí lo hago, tonto —replicó Osvaldo, intentando parecer más alegre, pero no pudiendo apartar a Andrea de su mente. En su interior se sentía un tonto por haberse enamorado tan profundamente de ella a sabiendas de que la mujer tenía planeado marcharse del país. Y se sentía más tonto porque ella nunca se dio cuenta de lo que él sentía, salvo cuando se lo planteó directamente. Bueno, así eran los sentimientos: impredecibles.

—¿Vamos a dar una vuelta al bosque? —preguntó Alvaro, quien siempre iba acompañado de Elvira, su novia.

En su interior, Osvaldo llevaba más de una hora esperando aquel momento, pues le permitiría demostrar la potencia de su nueva adquisición.

—Por supuesto —respondió Juan, extrayendo una gastada y anticuada FogLite de su chaqueta.

Los novios encendieron unas linternas semejantes, aunque de una marca desconocida, y cogidos de la mano encabezaron la marcha. Osvaldo sacó la suya y ante el asombro de los demás alumbró los árboles que tenían por delante diciendo:

—Por ahí está bien.

Los otros quedaron asombrados ante lo que veían.

—¿Qué chucha es eso? —inquirió Elvira.

—¡Medio foco! —exclamó Alvaro.

—¡Y tan chica! —dijo Juan.

Sin la menor modestia Osvaldo procedió a responder todas las preguntas que le hicieron, aprovechando de paso para demostrar las capacidades de la linterna. Luego, empezaron a caminar, internándose en el bosque.

—Qué buena idea la de venir acá —comentó Juan, sin dejar de mirar con cierta envidia a su amigo con el nuevo aparato de iluminación—. Hace tiempo que no salíamos de paseo.

—Valió la pena, compadre, la naturaleza siempre es relajante —dijo Osvaldo.

Caminaron una media hora antes de detenerse al borde de una pequeña quebrada. Discutieron acerca del mejor camino a seguir, decidiendo por intentar atravesarlo por la izquierda. Siguieron por un pequeño sendero apenas visible en medio de la vegetación, disfrutando de la vista de un cielo despejado, en donde las estrellas titilaban con fuerza. Al cabo de unos diez minutos se dieron por vencidos y volvieron sobre sus pasos. Todo el camino de vuelta al campamento charlaron animadamente, sin dejar de mencionar la nueva linterna de Osvaldo con regularidad. Se metieron en sus carpas y durmieron fatigados por la marcha del día y el paseo nocturno.

—Me acuerdo del fin de semana donde la tía Paulina —comentó Juan a la mañana siguiente mientras se servían el desayuno—. Esa vez en que mi primo... este... ¿qué es ese zumbido?

—¿Cuál zum...?

—¡Cállate! —interrumpió Osvaldo a Elvira.

El mencionado sonido era claramente audible por todos. Parecía provenir de varias direcciones a la vez. Osvaldo se puso de pie para tratar de identificar mejor su origen y empezó a sentirse mareado.

—Oye, si no has tomado nada —dijo Juan, parándose para sujetarlo, pero él también fue victima del mareo.

—Yo... no entiendo... —balbuceó Osvaldo antes de caer al suelo.

Los otros intentaron ayudarlo, mas también acabaron sobre la tierra.
Osvaldo trató de levantar el brazo derecho en un último esfuerzo por incorporarse, no obstante, una enorme pesadez se apropió de él y pronto perdió el conocimiento.

* * * * *

Abrió lo ojos de golpe y lo primero que descubrió fue que estaba en penumbras. Yacía sobre una loza de algo parecido al mármol y antes de poder indagar más una voz a su derecha dijo:

—Osvaldo, ¿estás bien? —Era Juan, quien se incorporaba a medias en una loza similar.

—Eso... creo —respondió, todavía algo mareado y confuso—. ¿Qué cresta pasó?

—Que me registren, loco, acabo de despertar acá...

—No se olviden de nosotros —pidió Elvira desde un rincón situado a la izquierda.

A duras penas se pusieron de pie para juntarse en el centro de lo que parecía una habitación circular, cuyos muros se conformaban de extrañas placas hexagonales.

—¿Dónde estamos? —preguntó Alvaro con temor.

—¿Cómo llegamos acá? —añadió Juan.

—No entiendo nada —dijo Elvira.

—Yo tampoco —exclamó Osvaldo.

Había varios focos empotrados en las paredes, desde los cuales una mortecina luz azul era irradiada. No alumbraban mucho, sólo lo suficiente como para poder caminar sin tropezar. A Osvaldo le recordaron las luminarias de los pasillos del cine. Miró su reloj y vio que ya eran las seis de la tarde, es decir, estuvieron casi ocho horas inconscientes.

—Ya despertaron —dijo de improviso una voz rasposa que parecía provenir del techo.

—¿Quién habla? —preguntó Juan, desafiante.

—Somos sus captores —respondió la voz—. Venimos de otro planeta para investigarlos. Estamos interesados en apoderarnos de vuestro mundo...

—¡Deja de decir huevadas y da la cara, maricón culiao! —exclamó Juan, haciendo gala del temperamento irascible que poseía.

La voz nada dijo y el cuarteto de amigos se miró en silencio durante un largo rato. Alvaro iba a decir algo cuando una sección del muro a su espalda empezó a abrirse. Todos miraron en esa dirección y pronto unas siluetas se destacaron. Bastaba ver la forma en que caminaban para darse cuenta de que algo anormal se aproximaba a ellos. Tenían más de dos metros de alto, se erguían sobre un par de piernas de tres articulaciones y el tórax era casi el doble de un ser humano. Gruesos brazos, cuatro de ellos, emergían a intervalos regulares y una enorme cabeza coronaba el cuerpo. Tres pares de ojos se repartían bajo una estrecha frente. Una nariz achatada sobre una boca de grandes colmillos remataba el aspecto feroz de aquellos seres,  todos cubiertos por lo que parecían ser delgados trajes azulados con algunas franjas negras.

—No puede ser —comentó Alvaro, abrazando a su novia.

—Tú eres el que interrumpió —dijo uno de los alienígenas, señalando con los brazos de la izquierda a Juan.

Otro de los seres apuntó algo semejante a un pequeño arco y al instante una poderosa descarga golpeó al hombre, arrojándolo algunos metros hacia atrás. Sus amigos corrieron a su lado.

—Duele —exclamó el golpeado, contrito ante lo que veía, mientras era sentado sobre el suelo.

—Cuando nosotros hablamos ustedes se callan, ¿entendido? —exclamó el más grande, que parecía ser el jefe.

—Enten... dido —aseveró Osvaldo, temblando de miedo por lo sucedido.

—Eso está mejor —dijo el extraño ser—. Dentro de poco vendrán nuestros científicos a buscarlos para hacerles pruebas y será mejor que acaten todas sus órdenes.

El grupo dio media vuelta y desapareció por donde había venido. El muro volvió a cerrarse, quedando tan aislados como antes.

—¿Siempre tenís que hacerte el valiente, huevón? —preguntó Alvaro.

—No... lo sabía, creí que...

—Ya no importa lo que creías —cortó Osvaldo—. Somos prisioneros de unos jodidos extraterrestres que van a experimentar con nosotros.

—No puede ser, no puede ser —dijo Juan, cogiéndose la cabeza con ambas manos—. Dios mío, esto no puede estar pasando, no a nosotros.

—Hay... Hay que mantener la calma —dijo Osvaldo. Miró en todas direcciones—. Tiene que haber una salida en alguna parte.

—¿Dónde? —preguntó Elvira.

Acomodaron a Juan sobre una de las lozas, comprobando que no tuviese nada roto (salvo un dolor en las costillas; pero no podían estar seguros de si era sólo por el golpe o algo más). Luego, palparon las paredes en busca de alguna abertura, una separación entre las placas, una grieta, cualquier cosa. Nada. El lugar parecía completamente sellado. Abandonaron la búsqueda y volvieron con su amigo.

—Vamos a morir —dijo Juan, pesimista.

—Mientras hay vida, hay esperanza —recordó Osvaldo, acomodándose la chaqueta en la espalda y notando que todavía tenía su linterna en el bolsillo derecho. La extrajo y la miró unos instantes.

—Genial, tu linternita mágica —comentó Alvaro, sarcástico.

Osvaldo tuvo una idea producto de las palabras de su amigo, la cual le iluminó el rostro de emoción. Lo pensó un poco y dijo:

—Sí, podría ser.

—¿Qué cosa? —preguntó Juan.

—Escuchen —contestó Osvaldo, bajando la voz y haciendo que los otros se acercasen a él—. Tanto la luz de afuera como la de este cuarto es escasa, o sea, ellos están acostumbrados a una menor iluminación. Sus ojos no reaccionarán bien ante un chorro repentino de luz, ¿entienden?

—Puedes encandilarlos con tu linterna —dedujo Elvira, sintiendo que una chispa de esperanza brillaba en ella.

—Así es. —Giró la cabeza del artefacto para activar el modo Turbo—. Si para nosotros es doloroso mirarla de frente, para ellos debe ser mucho peor, quizás les provoque una ceguera que dure horas. Cuando entren, los alumbraré y luego saldremos de aquí.

—Y una vez fuera, ¿dónde iremos? —inquirió Alvaro— Ni siquiera sabemos en qué lugar estamos.

—Esto debe ser su nave, ¿no? —exclamó Osvaldo, pensando con prisa— Con certeza todavía estamos en alguna parte del bosque. Miren, sé que es arriesgado, pero no perdemos nada con intentarlo. Ya oyeron lo que el fulano ése dijo: van a experimentar con nosotros. ¿Quieren que les metan sondas por cierta parte, les abran el pecho o les hurguen el cerebro?

Todos guardaron silencio, recordando aquellas historias acerca de cirugías hechas por extraterrestres y uno a uno asintieron con la cabeza.

—A ver si podemos apropiarnos de alguna de sus armas —dijo Juan.

En ese momento las paredes empezaron a abrirse de nuevo. Osvaldo les cerró un ojo a sus amigos y se volteó para enfrentar a los alienígenas.

—Vengan —ordenó uno de ellos, escoltado por otros dos provistos de armas.

Osvaldo encendió la linterna directo a los ojos de sus captores en un rápido movimiento que los abarcó a todos. Los tres chillaron de dolor, se taparon los ojos y cayeron al suelo presa de fuertes convulsiones.

—¡Vamos! —dijo Alvaro y se abalanzaron hacia la salida.

Juan le propinó una feroz patada en la cabeza a uno de los caídos y luego cogió el arma. La manipuló con rapidez en busca de una comprensión de su funcionamiento y al oprimir una protuberancia la descarga se activó.

—Por aquí —indicó Osvaldo, más preocupado de escapar que de buscar armas, apagando la linterna.

El cuarteto se escabulló por un largo corredor. Al llegar a una intersección se toparon de improviso con otros cuatro extraterrestres. Un barrido de la luz directo al rostro los mandó al suelo igual que los otros.

—¡Funciona! —exclamó Elvira, jubilosa.

—Esperen —dijo Osvaldo, oteando por el otro corredor—. Siento una ligera corriente de aire que viene de esa dirección.

—¿Será una salida? —preguntó Juan.

—Comprobémoslo —dijo Elvira.

Partieron apresuradamente, exigiéndole todo a sus piernas, literalmente como si el diablo les pisara los talones. Dejaron atrás metro tras metro hasta llegar a una amplia abertura que daba al exterior. Salieron a un claro en el bosque y —al voltearse— sólo vieron vegetación.

—Están camuflados —exclamó Alvaro.

—Vámonos antes de que den la alarma —dijo Osvaldo y reanudaron la carrera.

Apenas internados un centenar de metros en la foresta, unas potentes descargas de un rayo azul empezaron a asolar el bosque. Numerosas explosiones se produjeron mientras el cuarteto corría en medio de ellas. Fue una carrera terrible, el aire estaba cargado del calor de las detonaciones y las numerosas esquirlas que lo recorrían.

—¡Qué cabrones! —se quejó Alvaro.

—¡Vamos, crucemos la colina, al otro lado estaremos a salvo! —señaló Osvaldo, liderando la huída.

El castigo a la naturaleza prosiguió hasta que los fugitivos sobrepasaron la elevación geológica y quedaron fuera de su alcance.

—¡Lo hicimos, lo hicimos, no puedo creerlo! —gritó Juan, casi sin aliento luego de la carrera.

—Viviremos, todo gracias a ti —dijo Alvaro, palmeándole el hombro a Osvaldo.

—Gracias a tu linternita —añadió Elvira, sonriendo.

—¿Por dónde ahora? —preguntó Juan, mirando en todas direcciones.

—El volcán, allá —señaló Osvaldo—. El pueblo se encontraba hacia la costa, cerca de esos picos nevados.

—Estamos casi al otro lado del valle —dedujo Elvira.

—Vamos, tenemos que dar un rodeo muy grande y ya está oscureciendo —apremió Juan.

Volvieron a ponerse en marcha. Caminaron durante casi cinco horas, siempre alumbrados por la L200 en su modo Medio (más que suficiente para ver bien en la noche). Constantemente miraron sobre sus hombros a la espera de algún alienígena, pero nada vieron. Tuvieron que cruzar un riachuelo, lo que los dejó con las piernas entumecidas hasta las rodillas. Se arrastraron entre unas matas con espinas para luego llegar a una pequeña pradera. La atravesaron a toda prisa y arribaron a un camino de tierra. Lo siguieron en dirección a la costa y en menos de una hora llegaron al pueblo.

—Nos salvamos, nos salvamos —murmuró Osvaldo.

Era casi medianoche cuando el cansado cuarteto de amigos entró en el pequeño cuartel de Carabineros. El cabo de guardia los miró con recelo unos instantes. Osvaldo le explicó resumidamente lo que les había sucedido y, antes de que el uniformado insinuase que estaban borrachos, le mostró un arma alienígena y la disparó contra una vieja silla de un rincón. Esto hizo saltar de asombro al hombre y llamó al sargento, quien dormía en las dependencias interiores. El suboficial perdió todo su sueño cuando le mostraron el arma. Las horas siguientes fueron de mucha agitación en el lugar. Se hicieron numerosas llamadas a la ciudad más cercana, desde donde enviaron un equipo de investigadores en una camioneta. Una vez más tuvieron que repetir su historia y esta vez consguieron la atención de las autoridades. Otra unidad policial arribó al pueblo y poco más tarde lo hizo una compañía del ejército. Le pidieron a Osvaldo que los guiase al lugar y el hombre accedió, pese a su falta de sueño. Fue fácil reconocer el lugar, ya que los disparos de los extraterrestres habían dejado grandes huellas en el bosque. En cuanto los primeros soldados se acercaron al sitio fueron objeto de un furibundo ataque. De ahí en adelante todo sucedió en forma frenética. Se radió la posición del navío y una escuadra de aviones bombardeó el lugar, no sin perder tres aparatos antes de acabar con los invasores. El camuflaje de invisibilidad estaba destruido y así pudieron ver finalmente los restos del artefacto.


* * * * *


Osvaldo entró a su antiguo trabajo para saludar a sus ex compañeros. Todos lo recibieron con júbilo, pues ya era un hombre de fama mundial. Su valerosa acción al escapar de los extraterrestres y la detención de esa invasión dieron la vuelta al mundo en todos los noticiarios. La misma Finix le había pagado un dineral por aparecer en la publicidad de sus linternas, lo cual le hizo abandonar la empresa en donde trabajaba. A sus cuarenta y cuatro años el futuro se veía muy promisorio. El mismo mundo cambió radicalmente al descubrirse esa amenaza de otro planeta. Las naciones de la Tierra se pusieron de acuerdo en prepararse para defenderla y dejar de lado sus diferencias ideológicas. Ya no le parecía un lugar tan malo para vivir.

Pero su corazón seguía adolorido, aún recordaba a Andrea y la echaba de menos. Tendría que conformarse con no volver a verla, no tenía alternativa, aunque cada vez que escuchase a TD ella vendría a su mente.

—Pasa a visitarnos cuando quieras —dijo su antiguo jefe, dándole la mano al despedirse.

—No nos olvides ahora que eres famoso —pidió una mujer.

—Lo haré, lo haré —prometió y salió por la puerta.

Una multitud y una decena de periodistas lo aguardaban a la entrada del edificio. Se armó de paciencia ante ello y respondió lo mejor que pudo las preguntas. Estaba en eso cuando un rostro se destacó en medio de la gente. Era una mujer que lo saludaba agitando sus manos y sonreía de manera angelical. Sus palabras murieron a medida que ella se acercaba, abriéndose paso entre las personas. Los periodistas notaron a quién miraba y se hicieron a un lado.

—Andrea, ¿qué haces aquí? —preguntó Osvaldo, no pudiéndolo creer y ella lo abrazó con fuerza— Tú... Tú deberías estar en Australia.

—Mi lugar está donde está mi corazón y mi corazón está aquí, contigo —respondió, lo miró unos segundos y luego lo besó apasionadamente.

Osvaldo se dejó llevar por la caricia mientras la multitud aplaudía el hecho. Al terminar pasó sus manos por el rostro de su amada y, al borde de las lágrimas, dijo:

—No puedo creerlo.

—Yo tampoco podía creerlo cuando te vi en las noticias. Ahí supe que no podría vivir sin ti y me volví de Melbourne en el primer avión que encontré. ¿Todavía quieres estar a mi lado el resto de tu vida?

—Por supuesto que sí —contestó y nuevamente se besaron.

Al fin era feliz.


* * * * *


El hombre repasaba los indicadores de los pacientes de esa ala del hospital. Confrontó las cifras con las del dispositivo de mano que portaba, notando que todo iba bien. En realidad, hasta el momento nunca existió algún problema de gravedad, sin embargo, era mejor tomar precauciones.

—¿Todo sigue tan aburrido por acá como siempre? —preguntó una mujer que entró en la amplia sala.

—Igual —respondió y apagó el dispositivo de mano.

—Veo que éste terminó una de sus terapias —dijo la mujer, apuntando hacia una de las cápsulas que contenían un cuerpo humano.

—Sí, la número once. Salva al mundo, se hace rico y famoso y se queda con la chica, la clásica y cursi historia.

—¿Quién es?

—Un fulano cuarentón que coleccionaba linternas de principios de siglo. Su afición lo llevó a gastarse todo el dinero en ellas y acabó portando una media docena en todo momento, incluso al dormir. —La mujer se destornilló de la risa—. Sí, ríete; pero tenemos otros dos con la misma afición en el ala de al lado. Está de moda lo retro, así que con certeza habrán más pacientes similares.

—Bueno, la Psiquiatría Virtual los está curando al menos.

—Sí, se supone que primero al realizarles sus fantasías les da cierta confianza para enfrentar el posterior tratamiento de recuperación.

—¿Qué fantasías ha tenido este sujeto? —preguntó sin dejar de sonreír.

—Oh, varias, desde el ejecutivo exitoso hasta el semental incansable, incluyendo el escritor famoso y el superhéroe urbano... que se llamaba... ah, sí, Flashbikerman (el tipo era adicto a las bicicletas también).

Con esta última frase los dos rieron a carcajadas un rato.

—Este paciente, además, aprovecha de conquistar virtualmente una y otra vez a la mujer que lo ignoró —contó el hombre.

—¿Qué programa sigue? —preguntó la mujer, limpiándose las lágrimas de risa del rostro.

—Hay varios. ¿Quieres escoger uno?

—Ya —aceptó y revisó la lista del panel de control de la cápsula. Movió con el dedo la pantalla de arriba para abajo y escogió una—. Listo, cuando niña me divertí mucho con estas películas.


* * * * *


Andrea entró en el bar del lujoso hotel vistiendo un ajustado traje rojo que llamó inmediatamente la atención de casi todos los varones del lugar. Se paseó por la barra para escoger al que más le atrajese antes de pedir un trago. Llegó casi hasta el final, ignorando todas las miradas lujuriosas que los allí presentes le brindaron. De pronto, se fijó en un hombre de alrededor de un metro ochenta, con algunas canas, guapo, vestido con un smocking de corte impecable. Lo que más le llamó la atención fue que sostenía entre sus manos una Tark QF, aquella maravillosa linterna que sólo se fabricaba a pedido para clientes muy especiales. Se acercó a él, pues no podía tratarse de cualquier hombre, salvo que estuviese usando una imitación muy bien fabricada. A un par de metros notó el número de serie que el aparato llevaba impreso en su costado. Debía cerciorarse de que era legítima, se dijo, así que puso su mejor cara de conquista y dijo:

—Hola, lindo, soy Andrea. ¿Cómo te llamas?

El hombre, esbozando una sonrisa encantadora, respondió:

—Lumensbond, James Lumensbond.